13.8.08

Era una bibliotecaria más, 2 y final*

Era una bibliotecaria más, como deben serlo muchas otras, la vi innumerables veces acercarse a un hombre viejo o a una mujer muy joven, armada con una sonrisa y un libro para leer. Las gentes de mi pueblo acudían a ella para encontrar lecturas largas para noches solitarias, poemas para noches compartidas, misterios que revolvían la rutina o alegres historias que relegaban la monotonía de las tardes grises de otros otoños parecidos a este. Yo la observaba maravillada, no podía explicarme cómo era que sabía. Para aquel hombre mayor, esta novela de aventuras en la montaña. Para esta mujer, estos poemas cálidos con olor a encina quemada. Para ti este libro, léelo, te gustará, lo sé. Lo sabía y yo no acertaba a comprender cómo.

Luego, cuando se jubiló y vine a ocupar su puesto, aguardé transida de emoción. Tengo 35 años y en la universidad no me enseñaron cómo acertar, cómo hacer para recomendar el libro justo, las palabras acertadas, el poema verdadero. Soy una mujer muy normal, bibliotecaria, juego a tratar de adivinar el final de un libro por el olor del papel y de la tinta nuevos, no sé coser, vivo sola, no tengo hijos, tengo rosales enanos en el balcón y me gusta hablar con los jóvenes que vienen a la biblioteca a hacer como que leen mientras se observan, calibrando si el beso quedará mejor en el número 9 entre la historia de España y la biografía de Maquiavelo (ni pensarlo) o al lado de los cómics, junto a las novelas (eso ya está mejor). En especial me gusta la conversación de un chico muy joven al que le auguro un buen porvenir como bibliotecario. Sensato, pero no mucho. Ordenado, pero no demasiado, no es bueno para un bibliotecario obsesionarse con el orden. Aventurero, risueño, fantasioso, alegre.

Normal, soy una mujer muy normal que aguardaba el momento de aprender. Pero ella se fue, y yo sentí que la Biblioteca la había perdido para siempre y me quedé tan confusa, tan aturdida. Luego, comencé a investigar y lo descubrí.

No es un poder oculto, ni una pócima, ni siquiera un conocimiento ancestral revelado de bibliotecario a bibliotecario (yo ya estaba impaciente, cuándo era que me iba a pasar el CONOCIMIENTO). Era algo tremendamente prosaico y devastador.

Una base de datos Access. Los campos: número de usuario, nombre y apellidos, gustos, detalles de su vida, últimos libros leídos, últimas películas, olores favoritos, sonidos que prefiere, estación del año en la que se encuentra a gusto, mar o montaña, margarita o rosa, arce o encina. Una gigantesca base de datos alimentada de miles de conversaciones durante 30 años. Y una nota para mí. Sólo para recomendar lecturas.

Y aquí estoy, entre libros sin estrenar que huelen a amores y a crímenes y libros deteriorados que acariciaron miles de manos. Y me decido. Ha entrado el número 2.345. Veamos. Le gusta el mar, la primavera, odia los gatos y es un romántico. El último libro que leyó fue Un viejo que leía novelas de amor de Luis Sepúlveda. Veamos. Ya sé. Le voy a recomendar El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez, que aquí no consta que lo haya leído.
*Publicado en la revista Mi Biblioteca. Nº 13, Vol. 4, Málaga: Fundación Alonso Quijano, 2008. Pp. 39-41.

11.8.08

Era una bibliotecaria más, 1*

El zarpazo del otoño me golpea en la frente, las bocas de los canalones derraman lluvia sobre la plaza. Estos días son así. De pronto, el gris y el blanco se alternan con el azul; de pronto un arco iris cálido se prende en las copas de los árboles. Las hojas maduras se desploman, ya lo dijo el poeta que mejor cantó al extravío del amor (sentir que no la tengo, pensar que la he perdido). De igual modo alabó el pan, el mar, la alcachofa… a tantas cosas hermosas que nos rodean y no advertimos.

Los últimos días de este octubre alborotado y melancólico me han sorprendido atareada y confusa, entre libros viejos carne de expurgo y libros por estrenar que huelen a asesinatos y a romances. Es curioso. Me gusta respirar el aroma del papel y tinta nuevos, dicen mucho de un relato. No es lo mismo un manual de medicina que una novela de Agatha Christie. El champán y los guantes de piel de cabritilla de Cianuro espumoso no huelen igual que los recuerdos verdes de asépticos hospitales. Es extraño. Octubre se agota, parece caer sobre la hierba junto a las hojas naranjas y yo no sé qué hacer con esta información que heredé y que jamás sospeché que existiera. Quisiera detenerme por un tiempo, hojearme, ordenar mis pensamientos por orden alfabético, conseguir que mis sentimientos se clasificaran según el Sistema Decimal, catalogar mis emociones por materias rigurosas y trabajar con presteza en la labor interrumpida de mi predecesora. Cualquiera diría que soy bibliotecaria, qué momentos desordenados estoy viviendo. Pero quién iba a pensar. Quién iba a creer. Y sin embargo.

Era una mujer normal, ni alta ni baja, mayor, soltera, sin hijos ni gato, no sabía hacer calceta, nunca aprendió la receta de la tarta de limón, le gustaba la bachata y rodearse de jóvenes, en fin, una bibliotecaria que cumplió 65. Entonces llegó la jubilación como jaguar que acecha al gamo, vendió la casa, subastó los muebles, regaló los geranios, compró una furgoneta del color de las violetas y se marchó a darle una vuelta al mundo. La fuerza se la daban las cicatrices del alma, como le ocurría a la Ava Gadner de Mogambo. Por lo demás, normal, no le gustaban los susurros, las dobles intenciones, ni los halagos fáciles. Adoraba el aroma a tabaco negro, a tierra, a bebé, a manzana. Cumplió 65 y se fue a revolver el mundo, pero esa es otra historia, la que me ocupa (he de ser ordenada, primero la A y la B y luego la C) sucedió antes, aunque yo la descubrí mucho después.

Esta biblioteca me ha cobijado en los tiempos fríos en los que se me heló el corazón y en aquellos otros en los que anhelaba encontrar respuestas a mi algarabía interior. También guardé en ella las risas a destiempo, las confidencias entre amigas y mi primer beso: fue en el número 7, entre la pintura del Renacimiento, a espaldas del fútbol, acariciando mis manos un librillo de dibujo técnico. Es por eso que me hice bibliotecaria, creo. También por ella, que me regaló lecturas atinadas y sonrisas sin medida. Yo admiraba a esa mujer, se me antojaba una bruja buena, un hada madrina que concedía palabras para aliviar tormentos y celebrar alegrías. Años después se estrenaron Chocolat y Amelié y mi fascinación por la bibliotecaria aumentó. Ella, en cierto modo, era la pastelera del pequeño pueblo francés y la mujer ingenua que ayudaba a los demás a ser felices, descuidando su propia felicidad. Yo venía a la biblioteca a hacer como que estudiaba, la mayoría de las veces a leer frente a un ventanal enorme que da a la plaza de mi pueblo y a espiar sus idas y venidas. Ahora, que el otoño pasa deprisa dejando charcos y certezas quebradas en el suelo, miro la misma plaza, con el templete airoso en medio, refugio de palomas y enamorados. Quizás me hice bibliotecaria por las largas charlas que tuvimos, ella sonriente, dejando a un lado de mi mesa libros de amores, de aventuras y de crímenes (los tres temas que me interesaban por entonces), libros culpables de mis estremecimientos bajo las sábanas, de mi insomnio y de la comparación injusta (quizás si me hubiesen besado junto a la poesía, entre Neruda y Salinas…).
*Publicado en la revista Mi Biblioteca. Nº 13, Vol. 4, Málaga: Fundación Alonso Quijano, 2008. Pp. 39-41.

6.8.08

Como un personaje de Auster, 4 y final

Así que aquí estoy, triste y melancólico, porque no sé, no puedo saber a ciencia cierta si ella me ha abandonado porque se ha enamorado de otro, porque nunca me quiso, no, o tal vez me quiso en otro tiempo tan lejano que ya se le olvidó, o quizás se levantó una mañana y me miró y ya no me conocía, o no, o resulta que la verdad es más sencilla y más compleja, que es lo que me dijo, que perdía mucho tiempo en los autobuses, que ya estaba mayor, que necesita asentarse, que no podía seguir así, con dos casas abiertas, con dos hombres a los que atender, con dos historias comenzadas y el corazón dividido. Y sería de risa, pero para morirse, pero de risa total, si esto le estuviese pasando al auxiliar administrativo que me cae tan mal o al vecino del quinto que sacude el mantel encima de mi cabeza todos los días, o si lo hubiera escuchado en la tele en uno de esos programas a los que va la gente a desnudarse impúdicamente, para contar cómo es que engañó a la mujer o al marido, o cómo es que descubrió que su marido es gay o transexual, pero vamos, que venga Camela y le cante una canción, perdóname, entiéndeme y ya está, le pido que vuelva, que se case conmigo, que lo olvide, que me entienda, y como me están viendo los vecinos y los compañeros de trabajo y de partida y la familia, pues va ella, o él, o ellos y lo comprenden, me perdonan, o al menos, me disculpan. Y ya está.
Como una historia de Auster, pero en blanco y negro, con el mismo desarraigo y perplejidad, ella Juanita, yo Paco. Y sigo vagabundeando por mi ciudad, por ver si vislumbro un resquicio, algo, un signo, una señal, que permita que se cuele el olvido. Dulce y anhelado.

4.8.08

Como un personaje de Auster, 3

Me figuré que estos días de vacaciones me sentarían bien, pensé en relajarme, incluso tuve la tentación de sacar el coche del garaje y de recorrer los pueblos de la sierra o de acercarme a la estación de autobuses y comprar un billete para alguna ciudad española o portuguesa, y caminar por allí, mirar a las mujeres de otros, descifrar los misterios que se esconden en las avenidas de otras ciudades, en los árboles, en las palomas, en los bancos, en los viejos de los parques, en los niños de ahora, que juegan con las plays. Todos los días, incluido éste, cuando abro los ojos en la cama tras una noche indecisa y perdida, otra, otra más, calibro las posibilidades que tengo, todas, puedo irme, puedo, conducir o que me conduzcan, llegar hasta una carretera y recorrerla entera y observar las casas de un pueblo o de una ciudad y sus ventanas que no me mirarán porque no me conocen. Pero me quedo siempre, por pereza o por costumbre, o porque mi desconcierto no me deja, no, y me visto y me voy a la calle como un alcohólico, como un ahogado, chapoteando y bebiendo amargura, y pisando mis pasos de ayer, y de hoy, y de mañana y viendo los turistas, ponte allí, y allá, y por favor, nos saca una foto, gracias, ha quedado muy bien.
Y qué desamparado y solo puede uno llegar a sentirse en esta calle tan larga y tortuosa, esta calle preciosa que ya no me sorprende porque me sé de memoria sus aristas, y sus imperfecciones, y sus puntos fuertes, y desde esta esquina se ve maravillosa, como una querida vieja que fue muy guapa, imponente, espectacular. Me gustaría desaparecer, en un coche, en un autobús, en un tren y huir, huir de los demás y de mí mismo, de esto que siento, de esta ciudad a la que amo y odio, porque sabe mi secreto, mi historia, ay Paco, Paco.
Y todo sería de risa, como aquellas películas, si no fuese cierto, terriblemente cierto. Ella, Juana, no trabajaba fuera de casa, nunca quiso, no tuvimos hijos, con lo que yo ganaba había suficiente para los dos, pero siempre estaba cansada, siempre, agotada, y yo no me lo explicaba, no me podía explicar que nuestra casa de cuarenta metros la agotara tanto, luego ya sí, luego. Juana tenía un amante, otro hombre, se veía con él, desde hace diez años, Paco. Y todo sería de risa, pero de reír hasta hartarse si no fuese porque es cierto, porque me pasó a mí, porque aunque yo no podía creérmelo ella me lo estaba contando, allí, entre la nevera y el lavavajillas, con un mandil rojo de lunares y una cuchara de madera en la mano derecha, como si fuese el dedo acusador de Pinocho pensé entonces, y casi me río, casi, pero no lo hice porque ella me estaba dejando y me estaba pasando a mí. Tiene tres hijos y está divorciado y hemos pensado que es mejor, más cómodo, bueno no más cómodo, entiéndeme Paco, mejor para todos que yo te lo dijera y te dejara, total, tú te sabes arreglar muy bien solo, esta casa es pequeña, se limpia en un suspiro, sabes cocinar aunque te gusten más mis guisos, sabes poner la lavadora, te enseñé yo y él, Paco, pues como que no. Y ya voy para mayor y este trajín que me traigo me está pasando factura, que me duele la espalda y los ojos y las manos, Paco. Porque claro, esta casa son cuarenta metros, en el centro, todo a mano, las tiendas y los cafés y los paseos y las peluquerías y el centro médico, pero ellos, Paco, viven lejos, mucho, que tengo que coger dos autobuses de ida y otros dos de vuelta, y me tiro allí cuatro o cinco horas, todas las tardes, para adecentar aquella casa, que son noventa metros, figúrate Paco, y tres chicos, todos hombres, tres habitaciones, tanta ropa y tanta comida que hay que hacer y cuando termino de limpiar y fregar y cocinar, Paco, no nos queda a Juan y a mí ni media hora para estar juntos, Paco. Era de risa, pero para partirse, pero de risa total, pero lo único que acerté a decir fue, ah, pero se llama Juan, y ella se enfureció, se puso tensa, roja, las orejas coloradas, el rostro descompuesto, sí, Juan, qué pasa, bien bonito que es su nombre y el mío, que lo sepas. Y me abandonó, y se fue a aquella casa de tres dormitorios, tres adolescentes y otro hombre, porque se tiraba mucho rato en los desplazamientos y ya voy para mayor y, total, tú te apañas bien solo, que a mí no me necesitas.

2.8.08

Como un personaje de Auster, 2

Y mi historia de amor podría ser austeriana si no fuese porque ella no se llama Linda, ni Jane, sólo Juana, Juanita, Juana y yo no me llamo Peter, ni John, sólo Paco, Paquito, Paco. Dicho así parece vulgar, más propio de una película de los años cincuenta, de las de Alfredo Landa, de las de risa, las que veíamos los sábados por la tarde y no en Cine de barrio, porque entonces todas nuestras películas eran así, de barrio, en blanco y negro, con gallinas y boina en el pueblo y una Concha Velasco que quería refinarse y se ponía minifalda y se dejaba las rodillas al aire. Y dicho así, qué vulgar es todo, y sin embargo, ella se llama Juana, Juanita, y yo, Paco. Y esta ciudad nos ha visto en una terraza bebiendo cerveza y comiendo calamares. No soporto tantas ventanas mirándome, diciéndome, ya Paco, ya, qué más quisieras, Peter o John, Linda o Jane, y que tu historia fuese un poco menos vulgar, menos cotidiana, más exótica, Paco.
Pero así es la vida, ella se casó conmigo porque yo se lo pedí y no supo, o no quiso, o no pudo decirme que no, que no quiero Paco, que no te quiero, que no te he querido nunca. El otro día me lo dijo, pero es que ahora no sé si nuestra historia es de risa como aquellas películas viejas, o es el final, o fue el principio. Me casé con ella quizás porque la besé mientras nos custodiaba la Catedral Vieja, en el Patio Chico, y ella no me dio un tortazo, no, ella me besó también y aquello era nuevo, me besó y yo la seguí besando mucho rato y al final de aquellos besos tan mojados, tan inexpertos, tan antiguos, me enamoré, quise enamorarme, lo intenté con empeño y tanto empeño le puse que lo conseguí, y nos casamos. Ha pasado mucho tiempo y nuestra historia nunca me pareció de risa, no, hasta hoy que lo estoy pensando despacio, nuestra historia era una plaza redonda sin esquinas ni dobleces, una plaza en la que estaba todo claro y limpio y ordenado, y así me parecía nuestra historia, una plaza redonda con árboles y bancos y hasta niños jugando y viejos sentados y palomas picoteando pan en el suelo, alrededor de una estatua. Pero no, no fue así, yo lo imaginé, lo quise, lo pensé, puse empeño, insistencia, como cuando estudiaba matemáticas y tenía que aprenderme las reglas, las reglas, sí, pero resulta que nuestra relación no era de reglas fijas, ni de normas escritas en un libro de texto y no era redonda, ni plaza, ni había bancos, ni árboles y estaba deshabitada desde mucho tiempo atrás.

1.8.08

Como un personaje de Auster, 1

Como un personaje de Auster, estos días de vacaciones los paso vagabundeando por la ciudad, solo y desarraigado.
Igual que los personajes del escritor americano, merodeo por las horas, entre callejones y bares, mirando a través de los cristales las gentes, como si fuese un viajero que acaba de llegar a esta ciudad desde algún lugar lejano. Me siento en una cafetería cualquiera, una cafetería que he visto muchas veces en mis paseos cotidianos por mi ciudad, y adopto una pose melancólica que resultaría cómica de no ser porque la tristeza y la melancolía son ciertas. A lo largo y ancho de estos minutos, me estoy convirtiendo en un personaje confuso y desorientado, pero sin alcanzar el cosmopolitismo de los protagonistas de las novelas del escritor; ellos transitan por carreteras secundarias de Estados Unidos, por las calles de Nueva York, yo me dejo llevar por mi ciudad, la que me vio nacer, el mismo paisaje, una ciudad pequeña, de provincias, de piedra cobre, con cigüeñas y un río, y un montón de turistas rodeándome, porque son las vacaciones de Semana Santa: quieta, sonríe, ahora yo, ahora tú, ahí está la rana, dónde demonios estará el astronauta y vamos a tomar un café y qué frío hace aquí y cómo se llama esta casa: ¿de las conchas o de los berberechos?
Yo quiero estar muy lejos, en algún lugar que mis ojos no reconozcan, en algún sitio impreciso en el que mis ojos encuentren algo, un recodo, una calleja, un pájaro distinto, y hacerles una foto, y merodear por los rincones y los espacios ignotos de una ciudad que no me acoja, que no me sonría con tristeza ni con superioridad, te conozco, estás triste, estás solo, tienes estos días para recorrerme, para besarme con tus ojos, para dejarte llevar por mis calles, parecidas a un poema muy viejo y muy triste y muy plácido, y ya estás otra vez, en esa cafetería, mirando a la calle, como si acabases de llegar a un aeropuerto y estuvieses desconcertado, cuál es la puerta de embarque, cuánto retraso lleva mi avión, por qué estoy solo, por qué ella me abandonó, y qué me espera el lunes, más y más de lo mismo y qué solo estoy, y me gustaría desaparecer, pero qué digo, si nadie me conoce, nadie me llama, nadie habla conmigo, sólo estas piedras viejas que me han visto jugar con la pelota y con aquel coche de bomberos y me vieron, más tarde, besar a una chica rubia que me dio un tortazo por respuesta, eso hizo, y yo me quedé derrotado y perplejo.
Como un protagonista de una historia de Auster, perplejo y derrotado, enfermo de soledad, buscando algo parecido a la alegría, asombrado de mí mismo, pero en la ciudad pequeña, la ciudad que me observa como una querida vieja, nos conocemos, no puedes engañarme, yo a ti tampoco, sabes dónde están mis arrugas y mis imperfecciones, dónde encontrar esa panorámica que hace que los turistas se queden con la boca abierta, pero tú no, tú sólo observas el horizonte con esa sonrisa nostálgica, nostálgica de no estar en Nueva York, de no ser un escritor de novela negra, de que no te llame nadie con insistencia a tu estudio de cristal y acero preguntando por un detective, de no haberte comprado un coche americano para recorrer el país, desde el Levante al Cantábrico.

30.7.08

Idas y venidas, y 2

Y acaba el día, y vuelta a empezar. Porque si bien las idas son duras, no lo son menos las venidas. Y llega el tren.
Y hay una jovencita con el pelo rubio y una falda escandalosamente corta que enarbola una sonrisa escandalosamente feliz. Y un chiquillo moreno sonríe y está como loco por bajar del tren y abrazarla.
Hay un hombre de mediana edad que observa, preocupado, los vagones del tren, hasta que divisa a un joven, con la mochila llena de vida a la espalda. Entonces sonríe, se encuentran y parten juntos.
Hay una mujer arreglada y coqueta que espera con el móvil en una mano y en la otra el mando a distancia del coche. El hombre baja con la maleta y se saludan con un beso rápido en la mejilla. Salen juntos de la estación.
Dos abuelos no pueden bajar del tren porque cuatros hijos y cinco nietos han subido al vagón. Entre risas, riñas, pescozones y advertencias, luchan por sacar del animal metálico las maletas y las bolsas con las compras, que los chiquillos miran con impaciencia. Cuando consiguen bajar, se van juntos.
Y tú, que has ido a trabajar con un vestido y un bolso livianos porque es verano y no deberías sentir frío, adviertes que la melancolía cae al alma, como el pasto al rocío, que diría el poeta.
 
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